Resurección

Presentación en Valencia
Con CR Gómez Beras, #UPRH, director de la revista

Los desastres no se improvisan. Esta sentencia es de un medievalista amante y autor al mismo tiempo de memorias. Pero, ¿qué es el género autobiográfico si no pura filosofía, essais, meditación sobre el presente recogiendo la experiencia acumulada del pasado y esperando que el futuro pueda aprender de nuestros éxitos y fracasos?

…no estoy muy cierta de poder hacer de mí una biografía, a no ser esas que he hecho ya, sin darme cuenta, en mis libros y sobre todo en mi vida; si bastase con vivir no se pensaría; si se piensa es porque la vida necesita la palabra, la palabra que sea su espejo, la palabra que aclare, la palabra que la potencie, que la eleve y que declare al par su fracaso, porque se trata de una cosa humana y lo humano es por sí al mismo tiempo gloria y fracaso; no hay fracaso sin gloria ni gloria verdadera que no lleve o arrastre consigo un cierto fracaso. (Zambrano, 1987)

María Zambrano estaría de acuerdo con dicha afirmación: los desastres no se improvisan. Durante su viaje hacia el exilio primero y en su peregrinar posterior fuera de su país, se pregunta por La agonía de Europa, por el desastre que se vino fraguando desde mucho antes. Cuando por fin vuelve a casa su percepción no es ciertamente alentadora, en nuestras conversaciones se le notaba su pesadumbre, ese peso adentro, de ver cómo de desamparadas nos habíamos quedado las personas nacidas mucho después del desastre y en plena dictadura en España.

El libro del medievalista Ferran García-Oliver, La bestia en què cavalquem, utiliza para su título un fragmento de los sermones de San Vicent Ferrer. La bestia en la que cabalgamos es el tiempo que corre veloz sobre cuatro ruedas que son las estaciones. El año, cada año, se marca con hitos que pautan nuestra vida, pero aún así, nunca se repiten. Según Giambatista Vico, de cada barbarie salimos con el estigma de haber retrocedido bastantes casillas en el camino de la civilización. María Zambrano lucha con desprenderse del pasado pero sin dejárselo a nadie, sin dejar en ninguno su peso. Pero esta visión llegará mucho más tarde, cuando piensa en las raíces como sierpes del árbol de la vida. Al principio del exilio, camino de las islas, vive todavía con la carga de su inmediato pasado y del momento presente como un infierno: Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate. En esos primeros años cuarenta del siglo pasado, Zambrano piensa que cada europeo, donde quiera que se encuentre, habita en una catacumba, la lleva dentro de sí, porque ha vuelto el tiempo del desprecio (Zambrano, 1940). Pero, por no sucumbir a la desesperación, dice un poco más adelante en el mismo artículo: La reconstrucción solo será verdadera si es una resurrección. Y ya en su vejez reconoce que lo que en el fracaso queda es algo que ya nada ni nadie puede arrebatarnos y ese fracaso es garantía de un renacer más completo. Ahora mismo, en medio de una crisis mundial, viendo como las dos grandes potencias China y EEUU van saliendo adelante, también es verdad que a base de inyecciones económicas, el fracaso de Europa sigue siendo manifiesto. ¿Dónde está la intelectualidad en Europa? ¿En qué está pensando? ¿Mira más allá de sus fronteras, más allá de sus narices? María diría que hay que abrir los ojos y dejarse alumbrar, no deslumbrar, tenemos una realidad delante que no queremos ver y construimos un castillo de razones que nos impide ver la verdad y quizás el argumento de Isla de Puerto Rico. Nostalgia y esperanza de un mundo mejor, tenga tanta validez hoy como en aquel lejano 1940: el peor suicidio es el que se produce por falta de imaginación.

En los momentos de desesperanza necesitamos un asidero para salvarnos del naufragio. ¿Cuál es para María Zambrano esa tabla que nos puede salvar? La confesión como género literario y método. Podemos leer toda su obra como una confesión sincera y meditada, es su intento de salvar a las generaciones siguientes de las sombras, de la falta de esperanza y del amor en escombros. Dicho método necesita de ejercicio, de un entrenamiento y de unos referentes que nos sirvan de apoyo y sustento. Esos puntos de apoyo en horas bajas los encuentra María Zambrano en los libros, en la filosofía, la poesía y la literatura en general, pero también en el arte, en el diálogo con las personas amigas y, sobre todo, en la escritura, se escribe para reconquistar la derrota sufrida. Tras la diáspora de la Guerra Civil, el diálogo con los derrotados lo será a través de la correspondencia, al menos ese diálogo es el que ha perdurado, al que podemos acceder y debemos acceder para construir nuestro sustento histórico.

En este año 2021 en el que se conmemoran los 30 años sin la presencia de María Zambrano, diferentes actividades se han llevado a cabo y he alentado algunas de ellas porque ella misma escribía en su diario en 1969, a treinta años de la derrota: El número treinta, tratándose de tiempo humano, debe ser uno de los que rigen el ritmo de las ocultaciones, de las reapariciones, de los silencios en que se sume la palabra que se pierde. Y la palabra perdida es, a su vez, uno de esos misteriosos símbolos que la historia no desgasta (Zambrano, 1969). Como nos hemos acostumbrado a utilizar las tecnologías que aligeran la distancia, el desencuentro y la soledad impuesta, muchas de las conferencias y mesas redondas están grabadas, de manera que al final del artículo encontraran una relación de enlaces. Atenea Pandemos, en este sentido, nos ha encaminado a una verdadera globalización de los pueblos, sin olvidar que en todo está la tierra. Ella es el sustrato de nuestra raíces, aún así nos apresuramos a contaminarla y destruirla sin piedad atentando contra nosotros mismos como pueblo (demos).

Los desastres no se improvisan. Pero, ¿qué hacer cuando somos testigos de ellos? Según Isak Dinesen (Karen Blixen), se puede soportar el dolor si lo convertimos en historia, de esta manera, diría nuestra filósofa, no hay infierno que no sea la entraña de algún cielo. Me imagino a María Zambrano en el viaje en barco desde Europa hacia sus islas pre-natales donde redescubre su infancia y vuelve a nacer de alguna manera contando su historia, una narración en la que no cabe ninguna obviedad, en la que no hay impostura, porque es historia del sentimiento, la más verídica: el signo supremo de veracidad, de verdad viva, ha sido siempre el sentir, la fuente última de legitimidad de cuanto se dice, hace o piensa, nos afirma en Los bienaventurados. La filosofía de María Zambrano es auténtica porque nace del propio sentir y de la responsabilidad. Pero no quisiera que la lectora o el lector de este breve escrito se llevara la impresión de María como una persona melancólica y triste, todo lo contrario, era una persona cálida, atenta, buena conversadora, con un deje de ironía y a la que le gustaba compartir sonrisas, escuchar con atención y celebrar la vida. Igual que Wisława Szymborska, buscaba entender a la gente, aunque no pudiera ofrecer la salvación, apreciaba a las personas en particular, no a la humanidad en general. Volviendo a Dinesen, en este caso, hacer historia será una labor de liberación personal y al tiempo colectiva: cada persona, cada historia cuenta.

María nos cuenta su historia de exiliada desde la experiencia, desde su experiencia como persona que va más allá del pensamiento y la razón, que integra también lo padecido y lo inexplicable. No se puede dejar el sentir y el padecer, pathos, de lado porque entonces somos seres planos, programables, meros puntos que encajan en la situación histórica donde la persona concreta sobra: la historia universal se ha constituido a costa del hombre universal. En El exiliado nos habla de sí misma en tercera persona, como lo hará en Delirio y Destino. El exiliado, la exiliada, ella misma, es el testimonio y testigo de otra situación que puede abrir los ojos a quienes viven enraizados en su casa, en su tierra. Ella, exiliada, ve y hace ver. El último libro que publica en vida es Los bienaventurados, quizás porque precisamente las bienaventuranzas ―según el catecismo católico que releímos varias veces durante la revisión del libro― son una exhortación sobre la base de la propia experiencia a seguir por los caminos que conducen a la felicidad.

Cada civilización, como cada persona, tiene a su disposición la totalidad de las nociones morales… y escoge. Zambrano piensa igual que Simone Weil, de la que es esta afirmación, por eso es tan importante que se escuchen todas las voces, todos los testimonios, dar voz a los más vulnerables como hace María en los Delirios. ¿Quién mató a la paloma? Como Weil, Zambrano también piensa que tan fría es la espada en la empuñadura como en el filo, tanto agresor como victima se degradan transformandose en cosa. Lo que está muerto no puede resucitar, pero la piedad conservada a lo largo del tiempo permite que un día pueda prender de nuevo la llama de la esperanza. Quizás Weil y Zambrano serían más cautas que Virginia Woolf cuando ésta afirma que la guerra es un juego de hombres en su libro Three Guineas, pero también les preocupa la cuestión radical: ¿cómo prevenir las guerras? ¿Será verdad que la máquina de la guerra tiene género y es masculino, tal como defiende años después Susan Sontag? Tanto Weil como Zambrano vivieron la guerra en carne propia y se implicaron, por eso saben de lo que hablan cuando pronuncian las palabras compasión, piedad, esperanza y amor, y las escriben. Las escriben porque creen en el poder de la palabra escrita, porque en el libro o en el artículo publicado confluyen el tiempo pasado y el tiempo presente de quien escribe, pero el tiempo futuro de quien lo lee. Cada lectura resucita las palabras escritas en forma de peregrinación interior. Así lo creían los sabios medievales que Zambrano frecuentaba, como Ramón Llull o el Maestro Eckart, ambos coetáneos. Por eso mismo, María Zambrano decía: me conmueve haberme atrevido a escribir y, al mismo tiempo: ¿por qué hay que decir?¿Por qué la palabra y no el silencio luminoso, con su propia materialidad?

El silencio luminoso es quizás indescifrable para muchos, deberíamos empezar descifrando nuestro propio cuerpo, nuestros sentidos: pensar no es más que descifrar lo que se siente. Entonces, ¿por qué se escribe?

Escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que sólo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable… un poder, potencia de comunicación, que acrecienta su humanidad… que va ganando terreno al mundo de lo inhumano, que sin cesar le presenta combate. A este combate con lo inhumano, acude [la escritora], venciendo en un glorioso encuentro de reconciliación con las tantas veces traidoras palabras. Salvar a las palabras de su vanidad, de su vacuidad, endureciéndolas, forjándolas perdurablemente, es tras de lo que corre, aun sin saberlo, quien de veras escribe. (Zambrano, 1934)

Desde sus primeros pasos como escritora se pregunta Zambrano el por qué del escribir y seguirá fiel a dicha cuestión lo largo de los años. De hecho, es el único escrito al que se refiere muchos años después cuando Julia Castillo conversa con ella para redactar A modo de biografía y publicarlo en el monográfico dedicado a Zambrano por la revista Anthropos.

Isla de Puerto Rico se publica el 26 de septiembre de 1940 en La Verónica, la imprenta en La Habana, y revistita semanal a partir de 1942, de Concha Méndez y Manuel Altolaguirre, donde María, así como la diáspora española afectada por la dictadura, puede publicar sin censura. Es curioso como Concha Méndez decide ese nombre tan simbólicamente cristiano, ella tan atea. Es la imagen de la tortura la que se imprime en la tela de la Verónica: tan cristianísima como yo me las daba de ser, no sabía que la primera imprenta fue dejada por la faz de Cristo en el paño de la Verónica, pero ellos sí lo sabían (Zambrano, 1987). Así lo recuerda María Zambrano en la presentación de Memorias habladas, memorias armadas, las de Concha Méndez recogidas por su nieta Paloma Ulacia Altolaguirre, antes de que su abuela cayera en la enfermedad de la desmemoria.

En aquellos años la memoria no les fallaba, al contrario, no se podía olvidar, para eso no han muerto dos millones de españoles, escribía María a Araceli, su hermana en París por aquel entonces. A ellos se suman muchos millones más de personas en la II Guerra Mundial y las que siguen muriendo hoy a manos de cualquier violencia. Por eso repite con un amago de rencor, a pesar de no querer caer en él: nos han quitado, nos han quitado… los principios protectores y rectores: Democracia y Libertad (Zambrano, 1940). Escritas con mayúsculas. A pesar de las circunstancias adversas, sabiendo el infierno que se vive en su país, María se vuelca hacia la política en Puerto Rico, no muestra debilidad si no que se implica luchando con la palabra, la escrita y la hablada en largos paseos quizás con las personas a las que dedica el escrito y que influirán en los destinos de la isla, Luz Martínez y Jaime Benítez, a través de la posterior Constitución Puertoriqueña. No quiere María caer en el fallo que apuntaba Simone Weil, el de que existe el arte de la política, arte que los dictadores conocen, pero que los demócratas parecen ignorar.

La democracia es la conciencia que tiene el Estado para detenerse frente a la integridad humana. Nada, ninguna acción queda sin consecuencias, especialmente la violencia ejercida en nombre de la salvación, de una perfección que no respeta esa integridad que se da en el derecho al fracaso propio. Según María Zambrano esos regímenes totalitarios que actúan por el bien de los subyugados, precisamente porque no permiten el fracaso están condenados a fracasar: la perfección impuesta no es más que abuso y violencia. Nadie mejor que una persona con imaginación creadora puede entender estas palabras, lo que significa la libertad de poder fracasar y aprender de los propios errores para conseguir un poema con las palabras justas, una pintura que exprese el propio sentir con el color y la línea auténticas. La esperanza de crecimiento personal que conlleva la creación artística es modelo social para Zambrano y lo desarrolla en muchos de sus escritos, especialmente en los artículos recogidos en Algunos lugares de la pintura. Reconoce que la creación humana nace de un fondo de íntegra soledad y esa soledad es la que debe respetar la democracia. Hay que hablar de personas y dejar de lado palabras que aglutinan, deforman y, precisamente, despersonalizan, como masa utilizada en el sentido figurado de agrupación numerosa de personas. La masa se puede aplastar, moldear, endurecer o desechar como basura o escombro. Es cosa.

María Zambrano intenta entender, al igual que Hannah Arendt años después, cuál es el origen del totalitarismo y se fija también en la personalidad del totalitario en Isla de Puerto Rico: si fuésemos a ver, en el fondo de todo totalitarismo está el terror del hombre a su soledad. Zambrano, siguiendo las enseñanzas de San Agustín preguntaría al dictador: ¿Qué buscas fuera? Sobre ti mismo vuelve, ¿qué has hecho de ti mismo? Es por esto que decía al principio que la filosofía de Zambrano se enraiza en la filosofía de vida, de ejemplo, de guía y confesión con la profundidad de haber leído entendido y asimilado la filosofía universal, no de forma pedante, si no viviéndola y sopesando la posibilidad siempre de poder poner las bases de la esperanza en un mundo mejor. Tampoco de forma ingenua, ella no conoció los mass-media on-line, los fake-news al nivel global e imperante que tenemos ahora mismo, pero sí que dejó escritas palabras que advierten del peligro del veneno, el engaño terrible que supone el hacernos creer que casi todo pueda suceder sin tener consecuencias.

Puede parecernos candorosa una frase como: hasta las cosas más pequeñas, la luz de gas se tambalea cuando fallan los principios de democracia y libertad. Cuando leo esta frase en el libro impreso en La Verónica en el año 1940, no puedo dejar de pensar en la película Gaslight (Luz de gas) del año 1944 de George Cukor con Ingrid Bergman de protagonista, pero basada en la obra de teatro de Patrick Hamilton del año 1940. El título de la película ha derivado en el término que describe la forma de abuso psicológico en que la víctima es manipulada gradualmente para dudar de su propia cordura. En la obra de teatro así como en la película, es la primera vez que se describe este tipo de abuso: el marido aísla a su mujer justificando que es por su propio bien, al tiempo que es celoso y la acusa cuando alguien expresa interés en ella.

Me resulta curiosa esta coincidencia, esa utilización del ejemplo de la luz de gas en el escrito de María del año 1940. Seguro que vio la película protagonizada por Ingrid Bergman en el 44, era una de sus actrices favoritas junto con Greta Garbo y Marilin Monroe. La película Europa ’51, de nuevo con Bergman como protagonista y dirigida esta vez por Rosellini, es una de las que María me recomendó ver y que apreciaba profundamente. Después supe que estaba basada en la filosofía y figuras de San Francisco de Asís y Simone Weil y que entra dentro de la llamada “trilogía de la soledad” del director italiano.

Por desgracia, la vigencia de estas películas y de la actualidad de las reflexiones de María Zambrano, tantos años después, nos deberían incitar a preguntarnos si no seguimos errando el camino, si no vivimos todavía en una postguerra. Según Simone Weil una decisión militar puede influir en el curso del pensamiento muchas centurias después, ella se refería a la cruzada contra los albigenses, pero ¿no tienen tanta o más repercusión las guerras mundiales del siglo XX? Seguimos en las mismas, los desastres no se improvisan, más que una restauración es necesaria una resurrección de los principios de la filosofía a todos los niveles: amor por la sabiduría de la vida.

Enlace a la revista Exégesis- Cuadrivium completa

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